El idealismo, o inmaterialismo, es la familia de teorías filosóficas que afirman la primacía de las ideas o incluso su existencia independiente. Afirman que la realidad, o la realidad que podemos conocer, es fundamentalmente un constructo de la mente o inmaterial. El idealismo supone que los objetos no pueden tener existencia sin que haya una mente que esté consciente de ellos. Para poder conocer las cosas, se debe tomar en cuenta la conciencia, las ideas, el sujeto y el pensamiento. El materialismo rechaza el idealismo. El idealismo no es precisamente antagónico al realismo pues hay filosofías idealistas (idealismo objetivo) que postulan una existencia de objetos abstractos independientes del observador. Epistemológicamente, el idealismo se manifiesta como un escepticismo sobre la posibilidad de saber cualquier cosa independiente de nuestra mente. En un sentido sociológico, el idealismo enfatiza cómo las ideas humanas, especialmente las creencias y los valores, dan forma a la sociedad.

El idealismo subjetivo, o idealismo empírico, es la doctrina metafísica monista de que solo existen las mentes y los contenidos mentales. El idealismo subjetivo implica y es generalmente identificado o asociado con el inmaterialismo de Berkeley, según el cual la sustancia material no existe. Para él, las cosas son ideas percibidas por la mente. En general, el idealismo subjetivo rechaza el dualismo, el monismo neutro y el materialismo; de hecho, es lo contrario del materialismo eliminatorio, la doctrina de que todas o algunas clases de fenómenos mentales (tales como emociones, creencias o deseos) no existen, sino que son meras ilusiones. La principal característica del idealismo subjetivo es que todo gira alrededor del sujeto cognoscente (ser pensante que realiza el acto del conocimiento). Y existen, a su vez, dos variantes:

La versión radical sostiene que el sujeto construye el mundo: no existen cosas por sí mismas, sino que solo existen cosas para nosotros (constructivismo ontológico). Según esta concepción, la naturaleza no tiene existencia independiente. La versión moderada afirma que «las cosas son del color del cristal con que se miran. La ciencia y la tecnología no interfieren en el idealismo, pues ambas dependen sobre todo de la percepción del mundo exterior para modificarlo conforme al conocimiento. Donde la percepción en sí, no es ninguna temática contraria al idealismo.  El simple aserto de que las ideas son importantes no lo califica de idealista. Casi todos los materialistas y realistas admiten la existencia e importancia de las ideas, solamente niegan su autoexistencia. Representantes del idealismo subjetivo son: Descartes, Berkeley, Kant, Fichte, Mach, Cassirer y Collingwood.

 

 



El realismo es uno de los conceptos teóricos más problemáticos en la historia de la literatura -y del arte- universal. A su revisión, discusión y esclarecimiento está dedicado este libro fundamental de Darío Villanueva. Su elaboración ha pasado por varios hitos y revisiones que dan a este ensayo cierto carácter de obra en marcha en continuo replanteamiento de sus ideas. Primero fue un curso monográfico de doctorado en los años 80 que luego se transformó en Memoria de oposiciones a cátedra. Antes de su primera aparición en libro, sus páginas dieron materia para cinco conferencias en el Instituto de España, las cuales se revisaron y recogieron en volumen publicado por Espasa en 1992. Cinco años más tarde vio la luz la traducción inglesa, en 1997, en la State University of New York Press. Y ahora se publica la segunda edición española, corregida y aumentada, con la incorporación del prólogo a la edición inglesa, la conveniente depuración del texto de la excesiva carga de citas de fuentes documentales, más el añadido de nuevas referencias a obras literarias para la necesaria confrontación de las teorías expuestas. En su primera edición de 1992 y me pareció entonces del máximo interés para cuantos nos dedicamos a la literatura desde cualquier ángulo de estudio y de creación. La nueva presentación, transcurridos más de diez años, y me atrevo a decir que esta obra debería formar parte de las lecturas imprescindibles en los programas de todas las facultades de filología. Porque Darío Villanueva, siendo uno de nuestros estudiosos de la literatura con mejor información y más sólida preparación teórica, ha reclamado siempre para este cometido una actuación semejante a la que Coseriu postulaba para el lingöista, quien debía tener algo de botánico y algo de jardinero para poder confrontar en los textos la validez de las elucubraciones teóricas. Si aquí pesa más la teoría se debe a la concepción eminentemente teórico-doctrinal del libro. Su composición está organizada en cinco capítulos. Los dos primeros, más descriptivos, revisan las posibilidades y límites de las teorías del realismo genético y el realismo formal, los cuales, en sus interpretaciones extremas dieron lugar a sendas falacias: la falacia genética o mimética en su escoramiento del realismo literario hacia el autor de la obra como mera arte de copiar la naturaleza y la falacia formal o inmanentista en su excluyente consideración de la obra literaria y el mundo autónomo por ella erigido. El capítulo tercero, más teórico, plantea una nueva interpretación del realismo literario desde la fenomenología y la pragmática, atendiendo a la perspectiva prioritaria del lector. Y en tales fundamentos filosóficos y semióticos se apoya la defensa del realismo intencional, teoría que se expone en los dos últimos capítulos, de naturaleza más doctrinal. Con esta enriquecedora propuesta se cierra también el circuito comunicativo del texto literario (centro del realismo formal) en su relación con el autor (base del realismo genético) y en su proyección hacia el receptor, último agente del realismo intencional, donde la responsabilidad y decisión finales corresponden a los lectores, "incluso al margen de la intencionalidad del autor". Así el papel del lector resulta determinante para la plenitud ontológica de cualquier texto literario, sin negar por ello la relevancia indiscutible -pero no excluyente- del texto en si y del autor. Y al tiempo que se aborda una de las cuestiones centrales de toda teoría literaria se pone de relieve uno de los fundamentos capitales del humanismo. Con estudios tan enjundiosos como éste se contribuye a forjar y actualizar el pensamiento teórico-crítico, de inequívoca necesidad en tiempos de postestructuralismos y posmodernidades. Villanueva demuestra que se puede -y se debe- hacer sin caer en logomaquias ni en bizantinismos terminológicos. Su libro incluye una bien nutrida bibliografía con aportaciones filosóficas y de teoría y crítica literarias. Hace abundante uso de fuentes documentales y citas teóricas. Pero, como buen botánico y jardinero, sabe encontrar, incluso aquí, el refrendo de sus planteamientos teóricos y doctrinales en la intuición y la práctica consciente de autores de cualquier época y lugar, desde Platón y Aristóteles hasta Cunqueiro y Francisco Ayala, pasando por Cervantes, Flaubert, Zola, Clarín, Pessoa o el autor de Lazarillo de Tormes.



Información histórica El racionalismo es la teoría filosófica que reconoce en la realidad un principio inteligible, cuya evidencia y conocimiento, sin embargo, no es de tipo empírico (sensible, basado sobre la experiencia), sino racional (captable sólo por el pensamiento). Podemos decir que inicia con los filósofos eleatas (Parménides) y los pitagóricos (Pitágoras), pero se asocia, en general, con el intento moderno de introducir en filosofía los métodos matemáticos para alcanzar la certeza absoluta en el conocimiento. Así, la crítica filosófica atribuye a René Descartes (1596-1650) la paternidad del racionalismo, que agrupa a pensadores diversos, como son el ocasionalista Nicholas Malebranche (1638-1715), Baruch Spinoza (1632-77) y Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716). El idealismo puro enseña que el objeto conocido depende para su realidad de la actividad de la mente cognoscente; identifica los objetos con las ideas. Podemos decir que hay una tendencia idealista desde los presocráticos (por ejemplo, Anaxágoras), que pasa por la época alejandrino-romana y la medieval. La vía al idealismo moderno fue abierta por el racionalismo-subjetivismo gnoseológico de Descartes. Fundador del idealismo puro es George Berkeley que, junto con Leibniz, fue el creador de una forma de inmaterialismo. El idealismo gnoseológico (trascendental, crítico) de Kant inspiró los panteísmos idealísticos alemanes del siglo XIX: Fichte (personalismo abstracto o «idealismo subjetivo»), Schelling (idealismo o teísmo estético), Hegel (idealismo absoluto o lógico), Schopenhauer (idealismo voluntarístico), Schleiermacher (panteísmo espiritual). En Francia se dan idealismos espiritualísticos o personalísticos (Condillac, Biran, Bergson...); en Inglaterra, personalismos semimonísticos (E. Caird, Green) o monismos impersonalísticos (Bradley, Bosanquet); en Italia se reelabora el idealismo de tipo alemán (Croce, Gentile).

 B. Doctrina1. El racionalismo y su antropología El racionalismo afirma que el conocimiento verdadero ya está dentro de nosotros gracias a las ideas innatas con las cuales nacemos y que no podemos adquirir a lo largo de la vida. Considera, pues, que el saber humano es universal y necesario, porque viene garantizado por las verdades que ofrece el patrimonio originario de las ideas innatas. Lo que conocemos con certeza por vía racional, o sea, la demostración a priori de todas las verdades humanas, constituye el mundo real. El mundo que no se puede conocer con certeza es, en cambio, ilusorio, ni real ni importante. El conocimiento consiste, en definitiva, en el desarrollo de los poderes innatos de tal modo que de uno o varios principios autoevidentes todos los demás conocimientos pueden derivarse sin recurrir a la experiencia. Se basa en una concepción dualista del hombre, compuesto de dos substancias: el alma («res cogitans») y el cuerpo («res extensa»), que están extrínsecamente ligados, ya que la sensación es relativamente irrelevante para la mente. Todo conocimiento en el fondo es de, desde y a través de la mente. 2. El idealismo metafísico y gnoseológico El idealismo puro, de carácter metafísico, identifica la realidad ontológica, individual y concreta, exclusivamente con lo ideal, es decir, la mente, el espíritu, el alma, la persona, las ideas, los arquetipos, el pensamiento. Se puede concebir un idealismo empírico, cuyo fundamento es el yo individual o trascendental, que, pone por encima del yo individual un Yo puro, una Mente lógica impersonal, una Voluntad inconsciente, fuente de unidad, universalidad y necesidad. En relación con la naturaleza, han surgido dos tipos de idealismos: por un lado, el acosmismo o idealismo subjetivo, que sostiene que la naturaleza es simplemente la proyección de la mente finita sin una existencia externa real; por otro, el idealismo objetivo, que identifica naturaleza exterior con el pensamiento o la actividad del Espíritu Cósmico (en Alemania este idealismo concibe que las mentes finitas son partes – modos, momentos, proyecciones, apariencias, miembros – del Espíritu Absoluto). Como consecuencia del idealismo metafísico surge el de carácter gnoseológico: «ser es ser percibido» (esse est percipi). No puede haber identificación entre sujeto (espiritual) y objeto (material). El conocimiento es, pues, exclusivamente espiritual; la mente no puede salir «fuera» para encontrarse con el objeto, dado que no hay un objeto «afuera». La cosa no es, en fin, porque es, sino porque es conocido. Como decía Hegel, lo que es real es racional y lo que es racional es real.

 C. Razones más importantes1. El racionalismo: deseo de alcanzar una aceptación universal de la verdad Con anhelo de superar las diferencias de pensamiento, el racionalismo lucha por alcanzar certeza y objetividad, verdades claras y distintas, como en las ciencias matemáticas. Siente, al mismo tiempo, la necesidad de sistematizar el conocimiento. Rechaza la deseperación del escepticismo y la incoherencia del relativismo.  2. El idealismo: el valor del sujeto y la «identidad» cognoscente-conocido  La identidad de sujeto y objeto se realiza en la mente por la actividad del primero. Por eso, el ser de algo se identifica con su ser conocido. Si no hay sujeto, no hay objeto conocido. Habría una contradicción si el ser fuera, a la vez, inmamente y trascendente, dependiente e independiente de la mente, «dentro» y «fuera», material e inmaterial. Resulta, pues, necesario enfatizar la espiritualidad del conocimiento y del ser mismo.

 D. Exigencias positivas1. Racionalismo: confianza en el poder de la razón para conocer verdades metafísicas  Es necesario valorar la capacidad de la inteligencia humana que, aunque limitada, puede conocer esencias, explicar, sistematizar el pensamiento y liberarse de algún modo de los condicionamientos subjetivos para captar verdades objetivas y universales.2. Idealismo: valorización de la actividad del sujeto cognoscente. Se valora el misterio del conocimiento, que es conformidad intencional de sujeto y objeto, y, al mismo tiempo, la capacidad del sujeto, ser espiritual, que juega un papel muy activo en el conocimiento y no es un mero receptor pasivo de imágenes de objetos que provienen de «fuera».

 E. Deficiencias estructurales y refutación del racionalismo y del idealismo1. El racionalismo desprecia el papel de la experiencia y exagera el poder de la inteligencia La sensación resulta irrelevante para el racionalista, lo cual contradice los datos de la experiencia, ya que a través de los sentidos podemos conocer las cosas como son y ocasionar el conocimiento de las realidades espirituales. Primero conocemos inmediatamente las cosas que son sensibles. Después y con dificultad conocemos a Dios y las realidades más lejanas a nuestros sentidos. Esto explica porqué le resulta al hombre tan díficil alcanzar el consenso universal sobre las verdades últimas.Al exagerar el poder innato de la inteligencia, pretende deducir todo el conocimiento de la mente a partir de verdades conocidas a priori, con las cuales la realidad se debe ajustar. Como consecuencia, cae en el peligro de construir sistemas que no explican los datos de la experiencia. En efecto, no todo nuestro conocimiento proviene de la deducción. Hay otras muchas fuentes de conocimiento que el racionalismo deja a un lado, como son el testimonio humano, la experiencia, la inducción. En todo caso, el racionalismo explica bien lo que sería la mente humana si tuviera verdades innatas, pero su teoría no resulta adecuada para explicar nuestro modo actual de conocer. 2. El idealismo es reduccionista, solipsista y contradictorio El conocimiento es la identidad entre sujeto y objeto. Dado que resulta difícil explicarla, el idealismo rechaza la teoría realista y reduce todo el conocimiento a la identidad del sujeto consigo mismo a través del objeto pensado. Ahora bien, esta reducción no sabe explicar porque, tendemos todos los hombres, de manera natural y espontánea, a ser realistas, a creer que conocemos las cosas como son, El idealismo es ingenuo y simplista: rechaza parte de los datos de la experiencia y reduce la naturaleza del conocimiento a un extremo de la bipolaridad, la mente. El idealismo conduce inevitablemente al solipsismo, dado que sólo existe el sujeto cognoscente con sus propias modificaciones mentales (los objetos de su pensamiento). Todo el resto, incluso la aserción de que hay otras personas además de mí, termina siendo un conjunto de proyecciones de la mente. No se explica cómo puede haber contacto con la realidad externa y comunicación con los demás. El idealismo concluye, en el fondo, en el relativismo. Dado que la mente crea los propios, objeto de su conocimiento, entonces nadie puede equivocarse. La noción de verdad pierde así todo su significado, pues ella consiste en lo que se capta en un momento dado; como todo el proceso es continuo, sin fin, entonces no hay una verdad definitiva en ningún momento. En estas condiciones, la verdad del idealismo también es pasajera, porque es la que se capta en un momento preciso. Además, se contradice: dado que no hay error, las teorías del escepticismo, del relativismo y del realismo que el idealismo critica como falsas no son tales. El idealismo sería tan solo una de las proyecciones mentales de ciertos individuos, pero no la teoría del conocimiento universalmente válida.

 Conclusión

El racionalismo pretende deducir todo conocimiento claro y distinto, con certeza universal, de las ideas innatas de la mente y el idealismo identifica los objetos del conocimiento con las ideas. Ambos valoran la capacidad activa de la inteligencia humana, pero exageran en atribuirle poderes que no tiene: verdades innatas a partir de las cuales se pueden deducir a priori todas las demás verdades y capacidad creadora de la realidad mental, la única existente. Fracasan en la explicación de la experiencia del conocimiento, al despreciar el papel de la sensación y la tendencia natural al realismo. Terminan, en fin, construyendo sistemas a priori a los cuales la realidad externa debe ajustarse. Desembocan, de este modo, en el solipsismo y en el relativismo que quieren combatir.

 

 

 




El perspectivismo es una teoría filosófica cuya tesis propone que no hay un único conocimiento o verdad absoluta del mundo, sino múltiples y variadas interpretaciones o puntos de vista del mismo. Esta doctrina expone que todas las percepciones, esquemas o conceptos devienen de una perspectiva particular.

El perspectivismo rechaza por imposible la metafísica objetiva, y sostiene que no hay evaluaciones objetivas que trasciendan las formaciones culturales o las designaciones subjetivas. Por lo tanto no hay hechos objetivos, y no puede haber conocimiento de una cosa en si misma. Esto separa la verdad del punto de vista particular (o único) y significa que no hay absolutos éticos, Ello conduce a una constante revaluación de las reglas (de la filosofía, del método científico, etc.) de acuerdo con las circunstancias de las perspectivas individuales.​ La "verdad", entonces, se formaliza como una totalidad creada por la integración de diferentes puntos de vista.

Siempre adoptamos perspectivas por defecto, aunque no nos demos cuenta de ello, y los conceptos individuales de existencia están definidos por las circunstancias que rodean al individuo. La verdad es hecha por personas y comunidades.​ Esta visión difiere de muchos tipos de relativismo que consideran que la verdad de una determinada proposición es algo que no puede ser evaluado respecto de una "verdad absoluta" sin tomar en consideración la cultura y el contexto.





 
El existencialismo es una corriente filosófica que persigue el  conocimiento de la realidad a través de la experiencia inmediata de la propia existencia.

Lo que está claro es que este movimiento de la filosofía destaca al ser humano individual como creador del significado de su vida. La temporalidad del sujeto, su existencia concreta en el mundo, es aquello que constituye al ser y no una supuesta esencia más abstracta. Los existencialistas no creen que el individuo sea una parte de un todo, sino que cada ser humano es una integridad libre por sí misma. La existencia propia de una persona es lo que define su esencia y no una condición humana general. En otras palabras, el ser humano existe desde que es capaz de generar cualquier tipo de pensamiento. El pensamiento hace que la persona sea libre: sin libertad, no hay existencia. Esta misma libertad convierte al individuo en un ser responsable de sus actos. Hay, por lo tanto, una ética de   la responsabilidad individual. La persona debe hacerse cargo de los actos que realiza en el ejercicio de su libertad. Se considera como padre del existencialismo al filósofo Soren Kierkegaard. Fue él quien determinó que cada individuo es quien debe encontrarle un sentido a su existencia. Y agregó que la mayor responsabilidad del ser humano radica en vivir su propia vida de forma pasional y sincera, pese a los mil obstáculos que puedan presentarse.

De todas formas, el término no se acuñó hasta la década del 40 y quienes lo hicieron fueron los franceses Jean Paul Sarte (1905–1980) y Albset Camus (1913–1960). Considerados hoy como los máximos exponentes del existencialismo.

Según lo explicó el propio Sartre el existencialismo es una forma humana de entender la existencia. Posteriormente, se incluyó dentro de esta ideología a pensadores de épocas anteriores como Hedegger, Nietzche o el propio Kierkegaard. Esta corriente puede dividirse en diversas escuelas; entre las mismas podemos destacar: el existencialismo teísta (reflexiona sobre la existencia de Dios y el Espíritu), el existencialismo ateo (niega lo divino) y el existencialismo agnóstico (considera que la existencia de Dios es irrelevante para la existencia humana).











El intervencionismo es una modalidad de pensamiento económico. Éste defiende la necesidad de una participación activa y constante del Estado. Siendo el fin de este solucionar los problemas económicos, así como encargarse de la gestión y el control de un determinado sistema económico.

El intervencionismo económico supone, por tanto, la posición predominante del sector público frente al sector privado en una economía. De este modo, el Estado controla y vigila toda actividad económica existente en su territorio (o parte de ella en forma de sectores). Así como, también, el comportamiento de los agentes. Todo ello, a través de leyes y normas de tipo económico.

La principal consecuencia de este tipo de intervención estatal es la clara incidencia que suele tener en diversas variables. Variables como el consumo y ahorro de la población o los niveles de producción de las diferentes industrias del país. De esta forma, estimulando, o no, los sectores económicos en los que se centre la prioridad.

Mecanismos  del Intervencionalismo

Los estados y grandes organizaciones económicas cuentan con una extensa lista de herramientas. Herramientas mediante las que promover su influencia en el ámbito económico y la vida financiera de un territorio.

  • Legislación en materia económica y laboral, por medio de la regulación de contratos y condiciones de trabajo o el control de los precios en múltiples sectores del país.
  • La nacionalización de bienes y servicios.
  • política fiscal, por medio de la aplicación de impuestos y subsidios a la población o a las empresas.
  •  política monetaria, el Estado puede influir en el valor de la moneda corriente y su relación con otras divisas, afectando las condiciones de vida de la ciudadanía.
  • Control de la actividad comercial del país, dependiendo del grado de apertura en el mercado que permita el poder. Aquí entran herramientas como aranceles, aduanas y otros instrumentos de protección al comercio.

Dependiendo del grado de intervención económica que acometa el poder existen diferentes teorías económicas, que van desde el ejemplo del keynesianismo o el socialismo a otro tipo de sistemas más cercanos al totalitarismo como es el comunismo.

Esta postura económica se postula formalmente frente a los economistas clásicos, el capitalismo o liberalismo, especialmente distinguidos por su defensa del libre mercado (concepto centrado en la protección de la propiedad privada y la libre acción de los agentes económicos).







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